Besos, bolas, dildo y el orgasmo de mi vida

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“Tranquila”, me dice. “Es solo una vela con cera de masaje.”

Sus manos empiezan a resbalar por mi cuerpo y recorren hábilmente mi espalda, mi cuello, mis costados… me hace cosquillas.

Cuando llega a mi culo se detiene un buen rato. Me toca la entrepierna por debajo, me acaricia los muslos por el interior.

“Ahora tranquila”, dice, “te voy a atar ¿vale? Tengo un arnés en la cama.”

“¿Pero cómo un arnés?”, pregunto yo nerviosa…

“Shhhhhhh, confía en mí. No te va a pasar nada. Déjate llevar. Disfruta. Te va a gustar.”

Me muero de miedo. Sigo con los ojos vendados y el corazón latiéndome como un caballo desbocado.

Me coge las muñecas y me las sujeta a los dos extremos de la cama con una especie de muñequera y unos ganchos. Hace lo mismo con mis tobillos. Me quedo como una equis, con las piernas un poco abiertas, completamente a su merced. Puede hacerme lo que quiera.

“¿Estás bien?”, pregunta mientras me besa casi con ternura.

“Bien acojonada”, le digo.

“Shhhh. No tengas miedo. Estoy deseando hacerte disfrutar.”

Me empieza a lamer la oreja tanto y tan bien que creo que me podría correr ya solo con eso. Luego mordisquea mi cuello. “Más fuerte –le pido–. Pasa a la nuca….Me dan escalofríos que se mezclan con tembleque de puro miedo.

Recorre después con su lengua dura mi columna vertebral muy despacio, hasta que llega a mi culo y me mete la lengua a conciencia. Doy un respingo. Me resulta un poco incómodo que alguien hurgue en mi culo, no estoy acostumbrada, me da vergüenza… en cambio, él parece ser un experto en la materia; su lengua se abre camino con extrema habilidad y noto una curiosa sensación, pero estoy tan nerviosa que apenas puedo concentrarme en mi propio placer…

No poder moverme y estar atada me deja completamente indefensa. Solo hay una opción: abandonarme, dejarme llevar, disfrutar…

“Voy a ponerte un poco de lubricante”, me dice. “¿Nunca te habían hecho un beso negro? No me lo creo.”

“No –digo–. Tampoco he practicado nunca sexo anal”, digo aterrada.“Me gustaría hacerlo. Pero que no me duela por favor.”

“Buena chica. Lo vas a pasar genial, ya verás. Voy a ir muy poco a poco, y si te hago daño me dices, ¿vale? Tienes un culo genial para hacerlo, estoy seguro.”

Me unta el interior del culo con un lubricante frío y viscoso. Pienso un segundo en la mantequilla de “El último tango en París”. Siempre hay una peli para cualquier situación. Luego coge algo, un aparato que no puedo ver, pero no es su polla ni su dedo. Muy suavemente me lo va metiendo por detrás… parecen ser como unas bolas…

Primero un poquito, luego más. Me quedo quieta. Es una sensación extraña pero no desagradable. Podría llegar a acostumbrarme. Es más, ya me estoy acostumbrando. Al mismo tiempo me besa y me mordisquea el cuello y las orejas, me susurra cosas sucias al oído.

“Tienes un dildo anal metido hasta el fondo” –dice–. “Estas tan excitada que ni te has enterado. Te ha entrado todo perfectamente. Ahora voy a ir un poco más rápido”, me dice. Y mientras me sigue metiendo esa cosa cada vez más adentro, busca mi clítoris por delante. La sensación es de un placer intenso pero raro. No sé qué va a pasarme, por donde va a estallar todo eso. Sigo sin verle, y atada de pies y manos. Eso, en vez de preocuparme, es lo que me hace estar cada vez más cachonda. En realidad no quiero verle. Quiero tardar lo máximo posible en quitarme la venda.

”Voy a hacer unas fotos de tu culo con el dildo dentro” –me dice–, “si no, no lo vas a creer. Luego las borramos si quieres.”

Y mientras lo dice, oigo el ruido de la cámara. Me pide que arquee un poco las caderas, que suba el culo para salir mejor en la foto e, increíblemente, obedezco.

Cuando termina me saca el dildo bruscamente y se detiene unos segundos. Oigo el ruido del plástico del condón al abrirse. “Ahora ya estás preparada. Te voy a follar”, me dice.

“¿Pero por dónde?”, pregunto.

“¿Tú qué crees?”

Muero de miedo, pero estoy tan excitada que siento como mi culo se abre como una flor para recibirle. Primero  su polla entra muy poco a poco, con mucho cuidado pero, como no me quejo, las embestidas se van haciendo más y más profundas, y su polla va abriéndose camino dentro de mí. Casi parece que me estuviera follando por delante. Es cada vez más placentero. Intento compararlo con alguna otra sensación, pero no puedo. Es violento y dulce a la vez. De repente oigo un ruido y noto la vibración de algo pequeño en mi clítoris. Me asusto de nuevo.

“Tranquila, es un vibrador… relájate” –me dice–. ¿Te gusta que te follen el culo? ¿Di? ¿No te puedes mover, eh? Ni puedes ver nada…. eso te pone cachonda, ¿verdad?”

“Sí, me gusta bastante todo” –respondo–.

“Te vas a correr como una buena niña, mientras te follo ese pedazo de culo”. Y mientras lo dice me la mete una y otra vez cada vez, más rápido y hasta el fondo, al tiempo que mi clítoris sigue recibiendo oleadas de placer, gracias al vibrador. Creo que voy a estallar.

“Imagina que hay alguien más aquí –continúa–, alguien que está mirándonos. No lo sabes, ¿verdad? Podría ser. ¿Te gustaría ver a alguien mirándote mientras te doy por culo? Puede que haya alguien en la habitación ahora… Alguien que se está pajeando porque no puede soportar verte tan caliente. Quizás es un hombre o quizás una mujer, ¿qué te gustaría más?”

Va a sucederme algo y no sé muy bien qué. Tengo ganas de estallar en sollozos, de que mi cuerpo se desintegre. No sé si es que voy a correrme. Igual me muero. Estoy a punto de explotar y por fin lo hago, en un tremendo y violento orgasmo, uno de los más brutales que he tenido en mi vida, completamente diferente al resto. Mi cuerpo se rompe por dentro en mil pedazos y oigo y noto como él también se está corriendo. Es un cataclismo.

Me quedo temblando sobre la cama. Apenas puedo hablar pero un hilillo de voz me llega para decirle “Quítame la venda, por favor. Me gustaría verte ahora.”

Y él lo hace con cuidado. Me desata la venda y le veo por fin. Es guapísimo, aún más de lo que imaginaba. Podía no haberlo sido, pero lo es. Menuda suerte la mía –pienso–. Tiene el pelo un poco largo, barba de dos días, una sonrisa irresistible y pinta de canalla, justo lo que es. Le miro con los ojos bien abiertos y nos reímos.

“Joder, aún encima eres guapo, más que guapo”, le digo. “No puedo creerlo.”

“Claro, ya habías visto mi foto, ¿qué te esperabas? ¿Que fuese feo?”

“Ya, pero yo qué sé, podías haber sido otro.”

“Y tú, ¿qué ojazos tienes, no? Con la venda no te los había visto, claro.

Me pide que espere un segundo, sale de la habitación y baja por las escaleras. A los tres minutos vuelve con una botella de vino blanco helado y dos copas, como auténtico profesional de la seducción. Nos bebemos el vino. Veo el skyline de Madrid desde la cama. Sábanas negras de raso. Lo de que la realidad supera la ficción es verdad. Esto es mejor que lo que he visto en las películas. No puedo creer que me esté pasando a mí.

Sin embargo, aún no hemos acabado…

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