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Corazón

lips 1 - Corazón

El día de los enamorados había llegado a la urbanización y, como era de esperar, todas las casas estaban decoradas al estilo yanqui. Especialmente la de mi archienemiga, la señora Smith, que, con sus corazones, cupidos y luces rojas, hacía palidecer de envidia a los prostíbulos de Ámsterdam. Obviamente no nos invitó a su fiesta de la amistad. Supongo que era su modo de abofetearme por el polvo que echamos en su trineo, pero yo lo agradecí profundamente, en parte por vergüenza y en parte porque, desde entonces, el señor Smith aprovechaba cualquier excusa para tocar a mi puerta.

La tarde del 14 fui al supermercado a comprar algo especial para cenar. En la cola de la carnicería me topé de bruces con ella y otros cuatro miembros de «La Liga de la Decencia Vecinal». ¡Vaya por Dios! Mientras esperaba mi turno, soporté cuchicheos en voz descaradamente alta sobre mi conducta libertina que despertaron mi deseo de hacer otra matanza de San Valentín…

Cuando Él llegó a casa, me encontró en la cocina picando cebolla con la furia de un samurái. Me abrazó por detrás, besó mi nuca y puso una caja de bombones  sobre la encimera.  No tenía la culpa, pero fue la gota que colmó el vaso.

—Con forma de corazón, ¿no? Entiendo. Seguro que te hubiera gustado que decorara la casa como la señora Smith e ir a su estúpida fiesta. Pero no puede ser porque soy la zorra oficial de la urbanización, ¿verdad? Una puta sin corazón, ¡eso soy!—grité, al borde del llanto.

Me giró con suavidad y me cogió las manos.

—Huelen a cebolla —protesté, lloriqueando.

—No me importa. Son tus manos, tus muñecas, tus antebrazos —dijo, mientras los besaba. Me abrió la bata de seda con ternura y puso su mejilla  en mi pecho. —Sí,  lo tienes. Lo oigo latir.

Deslizó la mano derecha por mi cuerpo hasta rozar mis bragas. Acarició la delicada textura del satén hasta que mi deseo comenzó a humedecerlo. Sus dedos separaron la tela y jugaron con el vello de mi pubis, abrieron mis labios, acariciaron la carne que palpitaba trémula bajo las yemas. Con suavidad, con lentitud, con amor. Pinzó mi clítoris con dos dedos y hundió el corazón en mi interior, pulsando al ritmo de los latidos del mío

—Este es el único corazón que me importa, Lisa —susurró, mientras me corría.

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