Fuegos artificiales en el café de Rick

hombre y mujer - Fuegos artificiales en el café de Rick

 

¡Qué curiosa es la vida! Todo regresa de un modo u otro. ¿Es el Karma? ¿Una lección? ¿Un círculo que no se ha cerrado? Cuando él me regaló el lubricante por mi cumpleaños, recordé una anécdota.

Hace mucho tiempo trabajé como comercial. No era lo mío, pero había que pagar las facturas, seguro que me entiendes. Los empleados montaron una fiesta de Navidad en  la oficina, lo típico: canapés, copas y amigo invisible. Me tocó un compañero que me caía fatal. Perfecto, un regalo de Reyes anticipado para mí, pensé.

Cuando abrió el paquete, esbozó una sonrisa forzada.

—Por si te falla la labia —dije. Todos rieron. —Y por si necesitas poner el culo otra vez —añadí. Nadie rió, aunque él encajó el golpe con cierta dignidad.

—Seguro que me vendrá bien—susurró.

En ese momento, me di cuenta de que me había pasado. Sonaba muy gracioso en mi cabeza, pero cruel en voz alta. Lo de la labia tenía su punto, no solo era el comercial con más éxito de la empresa, también el más ligón; pero lo otro era un golpe demasiado bajo. El jefe de la sección se había colgado todas las medallas de un contrato millonario que él había gestionado y tuvo que tragársela doblada.

No dejaba de darle vueltas mientras tomaba una copa y fingía que escuchaba a la de contabilidad. ¿Por qué me caía tan mal? Era atractivo, inteligente, encantador, cinéfilo como yo… Incluso estuve tentada de dejarme seducir, pero me hice la interesante y pasó. ¿Era eso? ¿Me molestaba que no lo hubiera intentado con más ímpetu?

Me escabullí al cuarto de la fotocopiadora. Fumaba, con los codos apoyados en el alfeizar de la ventana, ensimismada en las luces de la ciudad, cuando su voz me trajo a la realidad:

—¿Te hice daño en otra vida, Will Scarlett? ¿De dónde proviene ese odio tan amargo hacia mí?—Me giré.

—No comprendo.

—Es una escena de Robin Hood, Príncipe de los Ladrones. Si me dijeras ahora «De saber que nuestro padre te amaba más a ti», te besaría.

Puede que fueran las copas, puede que el resentimiento acumulado, puede que esa cara de suficiencia, tanto daba: encendió mi mecha:

—Pues mira, hablando de cine. Eres como Rick en Casablanca: un capullo pretencioso y engreído, un cobarde que no tiene valor para luchar por lo que quiere.

—¿Y tú quieres un Víctor Laszlo, Ilsa?—. El fuego artificial estalló. Nos besamos con rabia, mordiendo los labios, arrancando la ropa, clavando los dedos y las uñas en la carne. Me levantó en volandas, me sentó en la fotocopiadora, entrelacé las piernas en su cadera y se hundió en mi interior. Follamos como si quiera romperme, como si yo quisiera que lo hiciera. Fuerte, duro, desesperado. Me corrí ahogando un  gemido; él, poco después, gruñendo como un animal. Juro que la habitación se iluminó. Nos miramos a los ojos durante un instante interminable. Abrió la boca para decirme algo, pero calló. Yo también.

No volvimos a vernos. Se despidió tras discutir con el jefe de sección. Supongo que tenía dignidad, a pesar de todo.

Si me lees, «Rick», decirte que espero que mi regalo tuviera algo que ver; que en realidad admiro a Lazslo, pero deseo a Blaine; y que espero que todo te vaya bien.

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