Obediencia

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—Desnúdate.

Obedezco. Como siempre, porque sus órdenes son dictadas por mi cuerpo, materializan mis fantasías, satisfacen mi deseo. Obedezco, sí, porque obedece, aunque yo no pronuncie ni una sola palabra. No hace falta. Lo sabe. Lo sé. Lo sabemos.

Se acerca  con un objeto escondido en una mano. Con la otra, me acaricia lentamente, desde el nacimiento del pelo a los dedos de los pies. La carne tiembla. Los pezones se erizan. El sexo se humedece.

—Tengo algo para ti.

—Dámelo.

—Suplica.

—Dámelo, por favor—. Me lo enseña. Es un curioso vibrador de formas redondeadas que me recuerda al símbolo del infinito. Presiento que eso es lo que me dará, placer sin fin.

—Negro. Como la noche, como el café. ¿Recuerdas?—. Sonrío. Claro que recuerdo…

—No es para llevarlo en la muñeca, ¿verdad?

—No. Es para llevarlo dentro de tu coño.

Me gusta cómo lo pronuncia. Saborea las letras, las muerde, las paladea. Coño, coño, coño…

—Méteme el vibrador.

—No es un vibrador, son unas bolas chinas; aunque si aprieto este mando, vibran, describen círculos y… —Le interrumpo.

—Méteme las putas bolas chinas en el coño.

—Niña procaz. Hay que lavarte esa boca con jabón.

—Con esto—. Me agacho. Saco su polla. La engullo. Chupo. Me agarra del pelo. Me folla hasta que las primeras gotas se mezclan con mi saliva. Respira hondo. Me separa. Me tira sobre la cama. Forcejeamos, giramos, nos acoplamos como un yin y yang perfecto. Vuelvo a engullir su polla. Él acaricia mi vulva con las bolas chinas ya lubricadas y las introduce en mi interior. Acciona el mando y… Una de ellas rota en mi Punto G, la otra estimula las paredes. Me vuelvo loca. No puedo dejar de mamar. Trazo círculos con la lengua, humedezco con los labios, trago hasta la garganta. No puedo dejar de mamar, no, ni de correrme, una y otra vez, una y otra vez.  Se corre, intenta separarme, pero sigo mamando. Quiero más, más, ¡más!

—¡Para!—. Obedezco. Obedezco, pero él a mí no. Me siento vulnerable. El yin y yang se desgaja. Le odio por ello.

—¡Vete!—. Se marcha. Aprieto los muslos. Cierro los ojos. Retengo una lágrima. Escucho sus pasos, su respiración agitada, su orden.

—Dame tu coño.

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