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Porno para mujeres – Secuencia 1

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Cuando Stephane me propuso el encuentro, lo dudé un instante. Era un buen tipo, pero le faltaba la virtud de saber excederse sin extralimitarse.

–¿Hay algún requerimiento especial? –le pregunté.

Me indicó que no, que nada de disfraces ni de cosas raras. Ni siquiera había dress code.

–Lo organiza gente muy seria, querida, muy profesional… –señaló como si quisiera acabar de convencerme.

Apunté la dirección en el único papel que tenía a mano, la dichosa factura de la luz, mientras otro millón de cosas pendientes daban vueltas en mi cabeza. ¿¡Dónde coño dejé aquel conjunto con encajes de seda de La Perla, perversamente caro!?

Al principio, me invadió la preocupación por el excesivo número de personas que se habían reunido en aquel ático de la calle Bonanova. No llegué a contar con exactitud cuántos éramos. No podía. Los cuerpos semi-desnudos tienden a parecerse. Repentinamente, las inquietudes se disiparon.

–Supongo que lo tomarás con hielo… –dijo, alargándome un vaso el que supuse que era nuestro anfitrión.

Era un tipo apuesto, de tez morena y melódico acento argentino, que sujetaba a una hermosa rubia de piernas aún más largas que la intención con la que me escrutaba, y que supuse había sido alquilada por el porteño para la ocasión.

–Si te refieres al whisky, sí. Si te refieres a la rubia, la prefiero sola.

La rubia se acercó y me dio un pico. Le acaricié, sin más, la mejilla.

Pude ver a Stephane a lo lejos, sentado sobre un precioso chéster de tres plazas y cómo una chica menuda, y que parecía hambrienta, contenía en su boca todo su generoso miembro. Un grupo de cuatro o cinco personas observaban muy de cerca la escena, masturbándose. Al verme, Stephane esbozó media sonrisa, a la que respondí elevando ligeramente mi vaso en señal de “¡A tu salud!”.

La música se mantenía audible, sin estridencias, pero yo sabía que en apenas un rato, dejaría de oírse, apagada por los aullidos y gemidos, y el feroz lenguaje incoherente del deseo. Olía a sándalo y perfume de almizcle. Dentro de poco, ese olor también se perdería.

Yo me paseaba entre la gente que charlaba, follaba o sencillamente se masturbaba mirando a los demás. De repente, noté como una mano me asió suavemente por el vientre, mientras un miembro duro se apoyaba sobre mis nalgas, como si estuviera buscando cobijo. Me giré despacio y, sin mirar su cara, arrimé mis labios a los suyos. Pude oler, en su boca, el sabor de alguno de los coños que estaban ofrecidos por la sala.

Descendí despacio hacia el cinturón, casi tan despacio como bajé la cremallera de sus pantalones para liberar al animal que la aprisionaba. Palpitaba… Él, yo, palpitábamos juntos. Sus pies estaban desnudos, y su respiración se agitó cuando me quedé inmóvil frente a su glande violáceo.

–Siéntate –le ordené.

Apoyé la punta de mi lengua sobre el frenillo de su prepucio, mientras, con la mano derecha, extraía dos cubitos de hielo que dejé con delicadeza en el suelo. Con mis labios carnosos, aprisioné su glande con fuerza, mientras colocaba sus pies sobre los cubitos de hielo. Al notar el frío, mi amante desconocido arqueó la espalda al compás de un ruido gutural seco, espasmódico.

–Antes de que se derritan, te habrás corrido –le anuncié con solemnidad.

Comencé, con mi boca, a descender suavemente desde el glande al tallo, realizando presión con diversas intensidades, hasta que la saliva permitió que mis labios circulasen sobre su falo como la lluvia besa al mar. Empecé a regalarle distintos toques de lengua sobre el glande y frenillo, mientras lo masturbaba en espiral.

Alguien, desde atrás, me apartó suavemente las piernas y comenzó a acariciar el interior de mis muslos. Cuando mi víctima eyaculó, me tumbé boca arriba sobre la alfombra, con la vista perdida en las molduras del techo. El roce de las manos que jugaban sobre mis muslos había empezado a surtir efecto y nada me importó que, de repente, desaparecieran mis bragas de blonda. Pude notar el calor de un aliento nuevo sobre mi vientre. Alguien me empezó a estirar con suavidad los brazos hacia atrás, y una lengua se puso a recorrer las palmas de mis manos, a la vez que otra se entretenía con mis pies, recorriendo, uno por uno, los huecos entre mis dedos.

¿Cuánta gente tenía alrededor? Oía el murmullo de la multitud, al tiempo que notaba como mi culo y la espalda se pegaban al calor de la alfombra. Me parecía distinguir a una pareja de ancianos que, cogidos de la mano, me observaban. Ya no oía la música. Alguien me entreabrió con delicadeza la vulva y comenzó a acariciarme el clítoris, a la vez que se unieron otras lenguas que jugueteaban con mis pezones. Algo se introdujo con fuerza en mi vagina, y mi cuerpo se contrajo; mi piel se erizó, a la vez que mi garganta emitía un sonido seco. Perdí de vista las molduras del techo. Oí gemidos que yo no producía. Mi cuerpo se achicó, se fue encogiendo, se contrajo sobre él mismo y comprimió toda mi energía justo antes de la gran expansión, que el universo, la nada, se repartieran hacia el infinito. Mi cuerpo ya no era mío, no se distinguía de los cuerpos de los demás y el gozo no me pertenecía, no era mío ni era de nadie… era de todos.

Fundido en negro. Eso lo recuerdo muy bien. Abro los ojos lentamente, y me acuerdo de que debo pagar el recibo de la luz…

 

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