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Sexo oral y fin de fiesta

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“Ahora que ya puedes ver, quiero que seas tú la que me des placer a mí. Te quiero follar la boca”.

Se pone de pie y veo que está otra vez listo para la acción. Me excita tanto el verle como antes me excitaba el no verle.

Me hace arrodillarme. En vez de quedarse quieto mueve rápido sus caderas hacia delante y atrás, mientras me meto su polla en la boca todo lo adentro que puedo. Él me coge la cabeza y me marca el ritmo, y yo lo hago con avidez; quiero hacer que se muera de placer por la noche de película que estoy teniendo, chupársela tan bien como pueda, esforzarme mucho.

Él me mueve la cabeza cada vez más rápido. Cada vez más adentro. Sus gemidos  van creciendo en intensidad. Se va a correr de un momento a otro. Entonces me dice: “Me falta muy poco ya, ¿dónde quieres que termine?”.

Y una voz interior (que obviamente no soy yo) dice: “En mis tetas, quiero que te corras en mis tetas”.

Entonces, me hace seguir chupando un poco más, hasta que me tumba en la cama boca arriba con un rápido movimiento, al tiempo que se coge la polla con fuerza y se derrama completamente encima de mis tetas y parte de mi tripa. Noto el líquido caliente cayendo sobre mi piel. Cierro los ojos y me concentro en la sensación. Todo es nuevo para mí. Es el polvo de mi vida.

“¿Sabes una cosa?”, me dice minutos después, cuando nos estamos acabando el resto del vino; “lo que más me ha excitado es ver por la mirilla cómo te ponías la venda en los ojos antes de llamar al timbre. Era para haberlo grabado. Pocas cosas en mi vida me han resultado tan eróticas. Y por cierto, esto también es nuevo para mí. No lo había hecho nunca. No es fácil que alguien acceda a algo así. Has sido muy valiente”.

Es ya tarde. Hora de irse. La canguro espera. Me vuelvo a poner el corpiño, el liguero, la gabardina, todo, otra vez. Hay algo triste y melancólico en ello. Ya ha perdido todo su sentido y su intención. Me hubiera gustado tener a mano unos vaqueros y un jersey, ropa para la retirada. Recuerdo la excitación con la que me vestí hace apenas unas horas. Es como con las maletas, se hacen feliz y se deshacen triste y de mala gana.

Él me acompaña a la calle. Me mete en un taxi. Me besa y dice la típica frase que se dice cuando no piensas llamar a alguien nunca más: “Hablamos… Cuídate… Ha sido genial”. Le miro por última vez, caminando por la calle desierta mientras el taxi se aleja. Quiero volver a empezar. Quiero otra vuelta en el carrusel. Volver el reloj atrás.

Y sí, ha sido genial, tan genial que no puedo ni creerlo. Vuelvo a casa en el taxi, atontada pero con una intensa sensación de felicidad, aún sabiendo que no le volveré a ver.  Esto es justo lo que necesitaba. Por una parte estoy asombrada de todo lo que he hecho y me he dejado hacer, y por otra orgullosa de mí, de haberme atrevido, de haber vencido el miedo y de que haya salido bien, mejor que bien.

Cuando llego a casa y la chica se marcha entro en el cuarto de los niños a ver cómo duermen. Me acerco a Teo. Irradia calor como si fuera una estufa; de repente me siento a salvo. Le doy un beso. Abre los ojos y me pregunta entre sueños: ¿Qué tal tu fiesta? ¿Te gustó?

 

 

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