Lonely Valentines

candles - Lonely Valentines

 

Conduce sin rumbo huyendo del Día de los Enamorados, que adorna los escaparates, que brilla en los rostros de las parejas que pasean entrelazadas, que despierta a sus fantasmas. Está cansado. De todo. De las cicatrices que se abren, de las heridas que supuran, de los pedazos de sí mismo que no reparte.

El letrero de un motel de carretera le llama en la oscuridad. Aparca, alquila una habitación y se dirige al bar. Pide  una copa mientras observa la pegatina con forma de corazón en la caja registradora. Ni siquiera aquí, piensa.

Una mujer le rescata de sus recuerdos. Es bonita, aunque el maquillaje no oculte las arrugas, ni la sonrisa la tristeza de sus ojos. Le hace una seña al camarero que sirve un whisky sin preguntar. Comprende, pero no le importa comprar amor. Charla animada hasta que entiende que él prefiere el silencio. Suena Only the lonely.

Ella comienza a traducir con una voz sensual cargada de melancolía.

«Solo los corazones solitarios saben cómo me siento esta noche/ Solo los corazones solitarios saben que no se debería pasar por esto/…/ Solo los corazones solitarios saben por qué lloro.»

Termina la canción. Él le enseña las llaves. Ella asiente.

Se desnudan con la lentitud de los que no tienen nada que perder. Los cuerpos ajados  se revelan bajo una luz mortecina. Él saborea el alcohol y el carmín de sus labios, el perfume floral de su cuello, la dulzura frutal de sus pechos maduros. Ella, la aspereza del aftershave, la acidez de las axilas, el sabor plástico del condón. Él le acaricia el pelo mientras observa su miembro entrar y salir de la boca que lo acoge, las manos de uñas largas pintadas de rojo que aprietan la base, los pechos que oscilan.

Le pide que se quede. Ella acepta. Se besan y acarician hasta que el miembro erecto se clava en la cicatriz de su vientre. Se sienta sobre su cadera y lo cabalga con los ojos cerrados. Él también los cierra. Luego, el beso tenue, el abrazo cálido, el sueño sin pesadillas.

La fría luz de la mañana le despierta. Está solo. Los 100 euros siguen al lado de las llaves. «Solo los corazones solitarios saben que no se debería pasar por esto. Quizá mañana aparezca un nuevo amor», piensa. Y sonríe.

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